El Israel celestial

»…no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas». 2 Corintios 4:18

Es totalmente comprensible que una vez conociendo nuestra pertenencia al pueblo elegido corramos a indagar más sobre ello. Sin embargo debemos hacer un alto y reflexionar sobre los ámbitos en los que debemos ahondar en nuestro conocimiento de ello. A mi entender no debe ser en el campo de los logros humanos, hablo por supuesto de la Genética y demás ciencias afines, que aunque son sorprendentes y sumamente interesantes, no es ahí donde debemos gastar nuestro tiempo y energías, sino en lo sobrenatural y eterno y enseguida voy a explicar porqué pienso así:

¿Podemos saber a cuál tribu pertenecemos?

Sabiendo que llevamos la sangre del patriarca Israel en nosotros es completamente válido preguntarse si acaso será posible conocer si pertenecemos a una tribu en particular. Sin embargo, antes de indagar en este asunto por favor consideremos lo siguiente:

“…más aún, todas las naciones dirán: ¿Por qué hizo esto El Señor a esta tierra? ¿Qué significa el ardor de esta gran ira? Y responderán: Por cuanto dejaron el pacto de El Señor el Dios de sus padres, que él concertó con ellos cuando los sacó de la tierra de Egipto, y fueron y sirvieron a dioses ajenos, y se inclinaron a ellos, dioses que no conocían, y que ninguna cosa les habían dado. Por tanto, se encendió la ira de El Señor contra esta tierra, para traer sobre ella todas las maldiciones escritas en este libro; y El Señor los desarraigó de su tierra con ira, con furor y con grande indignación, y los arrojó a otra tierra, como hoy se ve. LAS COSAS SECRETAS PERTENECEN A EL SEÑOR NUESTRO DIOS; MAS LAS REVELADAS SON PARA NOSOTROS Y PARA NUESTROS HIJOS PARA SIEMPRE, PARA QUE CUMPLAMOS TODAS LAS PALABRAS DE ESTA LEY.” Deuteronomio 29:24-29

Conocer que es debido a la sangre de nuestros ancestros de la Casa de Israel que hemos sido buscados, encontrados, llamados, sellados y aceptados de vuelta en el pueblo de Israel es algo que nos debe llenar de júbilo, asombro, agradecimiento y temor de Dios, pero, como ya lo dijimos varias veces en este trabajo, no debemos dejar nunca de tener en cuenta que NO es la sangre de nuestros ancestros lo que nos da la salvación eterna, sino LA SANGRE DE JESUCRISTO que fue dada por su pueblo por la Misericordia del Padre Celestial que no se olvidó de nosotros (2 Corintios 5:17).

«No que la palabra de Dios haya fallado; porque no todos los que descienden de Israel son israelitas, ni por ser descendientes de Abraham, son todos hijos; sino: En Isaac te será llamada descendencia. Esto es: No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios, sino que los que son hijos SEGÚN LA PROMESA son contados como descendientes». Romanos 9:6-8

Teniendo ello en cuenta considero que, por ahora, el grado y demás detalles de nuestra pertenencia a tal o cual tribu es parte de lo que no nos hace falta conocer, ya que no depende de ello nuestra trascendencia, y por tanto no deberíamos gastar nuestro tiempo y energías ahondando en eso, sino en difundir las Buenas Noticias.

“…ni presten atención a fábulas y genealogías interminables, que acarrean disputas más bien que edificación de Dios que es por fe, así te encargo ahora.” 1 Timoteo 1:4

“Pero evita las cuestiones necias, y genealogías, y contenciones, y discusiones acerca de la ley; porque son vanas y sin provecho.” Tito 3:9

Pero vendrá el tiempo en que todas las cosas -esa en particular, incluida- serán reveladas y restauradas por completo y dejarán de ser un misterio, pues -como las profecías establecen- cuando regrese El Señor Jesucristo, una de sus primeras tareas (Apocalipsis 20:4) será determinar nuestro origen tribal para restituirnos a cada uno al territorio y labor de nuestra tribu correspondiente (Jeremías 16:15 / Jeremías 23:3 / Isaías 11:12 / Zacarías 10:6 / Ezequiel 36:16-38 / Ezequiel 37:11-28 / Ezequiel 45:8), cosa que a Él y solo a Él se le ha dado hacer, pues ha sido Ungido para ello.

“El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca [brillante, pulida], y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe”. Apocalipsis 2:17

En esta profecía, el maná escondido (Éxodo 16:33 / Hebreos 9:3-4) representa a todo el conocimiento que en esta vida permanecía oculto (Éxodo 16:15), mas en la otra nos será revelado (1 Corintios 13:12); mientras que la piedrecita que se describe como blanca, cuya palabra correspondiente en Griego es leukos (Strong #G3022), es más bien una piedrecita resplandeciente, pulida o brillante, tal como las doce piedras del pectoral del sumo sacerdote, cada una de las cuales tenía inscrito el nombre de una de las tribus de Israel.

“Harás asimismo el pectoral del juicio de obra primorosa, lo harás conforme a la obra del efod, de oro, azul, púrpura, carmesí y lino torcido. Será cuadrado y doble, de un palmo de largo y un palmo de ancho; y lo llenarás de pedrería en cuatro hileras de piedras; una hilera de una piedra sárdica, un topacio y un carbunclo; la segunda hilera, una esmeralda, un zafiro y un diamante; la tercera hilera, un jacinto, una ágata y una amatista; la cuarta hilera, un berilo, un ónice y un jaspe. Todas estarán montadas en engastes de oro. Y las piedras serán según los nombres de los hijos de Israel, doce según sus nombres; como grabaduras de sello cada una con su nombre, serán según las doce tribus”. Éxodo 28:15-21

Así que quizá deberíamos más bien volcar todo nuestro interés en conocer cómo será nuestra pertenencia a el pueblo celestial:

Las tribus terrenales y las tribus celestiales

“…de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia COMO LAS ESTRELLAS DEL CIELO y COMO LA ARENA QUE ESTÁ A LA ORILLA DEL MAR; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos.” Génesis 22:17

Analizando la promesa hecha a nuestro padre Abraham, notamos que menciona dos elementos simbólicos: las estrellas y la arena, uno celestial y el otro terrenal. Tales elementos simbolizan el estado presente y futuro de las tribus porque si bien somos ahora mismo parte del Israel terrenal (arena) en la Resurrección seremos el Israel celestial (estrellas).

Hemos dicho que es la Sangre de nuestro Señor Jesucristo la que nos hace miembros genuinos de las tribus. Pero la profecía que acabamos de leer nos deja bien puntualizado que si bien ahora somos parte de un pueblo terrenal nuestro destino es pertenecer al pueblo celestial.

Significado espiritual de Israel

El nombre Israel viene del término hebreo Yisra’el (Strong H#3478) a su vez compuesto por las palabras Yisra (Strong #H8280), que significa lucha, pelea, batalla, soldado, etc; y por la palabra el (Strong #H410) que significa poder o poderoso. Término genérico éste con el que se nombraba a todas las deidades del Antiguo Oriente Medio, pues alude a un poder más allá de lo humano, es decir sobrenatural o de origen divino -un dios o potestad-. Quizá sería bueno anotar que aunque este término está vinculado no es el mismo que Elohiym (Strong #H430), el cual sí alude directamente al Poderoso de Israel.

Por tanto, El Señor está preparando a la Casa de Judá y a la Casa de Israel para levantarlos al final de los días -ya lo dijimos, en la Resurrección- e incorporarlos a Su ejército celestial, Israel, el cual librará la batalla decisiva: El Armagedón (Apocalipsis 19:19 / Apocalipsis 16:13-16), pero de ese tema hablaremos más holgadamente, si Dios quiere, en mi próximo trabajo titulado LA MARCA DE LA BESTIA. Mientras tanto dejaré anotada una de las profecías que anuncian tal evento, para que medites en ella:

“Vienen de lejana tierra, de lo postrero de los cielos, El Señor y los instrumentos de su ira, para destruir toda la tierra”. Isaías 13:5

Y así, tal como Josué y sus huestes echaron de la Tierra Prometida a los que sin derecho a ella la habitaban, nuestro Josué (Yoshua, Yeshúa, Ieshu, Jesús) comandará el ataque relámpago (Isaías 17:14 / Isaías 29:5 / Mateo 24:27) que desalojará a quienes, usurpándola, estarán en ese entonces ocupando la Tierra que no les pertenece (Apocalipsis 13:6-8 / Apocalipsis 11:2).