La Promesa dada a Abraham

El reloj profético del pueblo al que pertenecemos comienza aquí, en la Promesa que hace miles de años Dios le hizo a nuestro ancestro Abraham.

Abraham el hebreo

Antes que a nadie, la Biblia distingue a Abraham como un hebreo:

“Y vino uno de los que escaparon, y lo anunció a Abram EL HEBREO, que habitaba en el encinar de Mamre el amorreo, hermano de Escol y hermano de Aner, los cuales eran aliados de Abram” Génesis 14:13

Para empezar a conocer tus raíces hebreas es imprescindible que entiendas el origen de la palabra hebreo y su significado.

El diccionario Strong le asigna al término hebreo la clave H-5680 (Ibrí) y le define como la descendencia de Heber (Strong H-5676 / Strong H-5677) uno de los hijos de Sem (Génesis 10:21). Si bien en primera instancia el término solo significaría algo así como el que proviene de más allá o el que proviene de pasando el río o incluso alguien que llegó del este, alude a quien no pertenece al grupo local de forma nativa, un extranjero, alguien errante, incluso un exiliado. Es un extraño al que siempre se le mira con recelo; un forastero, un apátrida.

El hebreo retratado en la Biblia es un nómada que vive en tiendas, posee rebaños de cabras y ovejas, y se sirve de asnos y mulas como portadores.

El término define perfectamente el carácter errante de Abraham, quien no tenía arraigo en parte alguna. Por eso el que Dios prometiera darle al patriarca una tierra en la que podía establecerse definitivamente tenía para Abraham un significado profundo y benévolo, pues podía establecerse definitivamente y dejar de ser hebreo, errante, apátrida; ese sujeto nuevo al que una vez llegado y establecido todos le miran con desconfianza.

Por ello Abraham, que conocía bien lo que se siente ser forastero recibió de tal forma a aquellos recién llegados, recibiéndoles con extraordinaria cordialidad:

“Que se traiga ahora un poco de agua, y lavad vuestros pies; y recostaos debajo de un árbol, y traeré un bocado de pan, y sustentad vuestro corazón, y después pasaréis; pues por eso habéis pasado cerca de vuestro siervo. Y ellos dijeron: Haz así como has dicho. Entonces Abraham fue de prisa a la tienda a Sara, y le dijo: Toma pronto tres medidas de flor de harina, y amasa y haz panes cocidos debajo del rescoldo. Y corrió Abraham a las vacas, y tomó un becerro tierno y bueno, y lo dio al criado, y este se dio prisa a prepararlo. Tomó también mantequilla y leche, y el becerro que había preparado, y lo puso delante de ellos; y él se estuvo con ellos debajo del árbol, y comieron”. Génesis 18:4-8

Todos los que hemos vivido alguna vez como extranjeros sabemos que esa experiencia conlleva un sufrimiento muy especial (Éxodo 23:9). Si no lo has experimentado, debes saber que cuando uno vive en un país que no es el suyo, es decir, vive en calidad de extranjero, no importa cuanto uno haga por insertarse en la cultura a la que recién se ha llegado, siempre lo verán a uno y a su familia como extranjeros y como tales nunca terminaremos de encajar. Hay un sentimiento permanente de incomodidad.

Eso era lo que Abraham veía a lo lejos cuando le prometieron una tierra donde establecerse: dejar de ser extranjero.

“Y aparecí a Abraham, a Isaac y a Jacob como Dios Omnipotente, mas en mi nombre YHVH no me di a conocer a ellos. También establecí mi pacto con ellos, de darles la tierra de Canaán, LA TIERRA EN QUE FUERON FORASTEROS, y en la cual habitaron”. Éxodo 6:3-4

Lo mismo significa para nosotros el término hebreo, que algún día dejaremos de ser errantes en esta tierra para ir a nuestro lugar de reposo (Hebreos 3:7-11 / Hebreos 4:1-11), nuestra Tierra Prometida: la Patria Celestial, donde ya no habrá más angustia ni pesar.

Pero hasta ese día, la mayor parte del pueblo de Israel seguirá siendo hebreo, es decir, extranjero, errante, exiliado. No solamente porque estamos dispersos y lejos de nuestra tierra original, sino porque de todas formas no pertenecemos a este mundo:

“Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran EXTRANJEROS Y PEREGRINOS [hebreos] sobre la tierra”. Hebreos 11:13

“Amados, yo os ruego como a EXTRANJEROS Y PEREGRINOS [hebreos], que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma”. 1 Pedro 2:11

La Biblia continuamente nos recuerda que somos extranjeros en este mundo, es decir, que estamos de paso. Examina lo que dice la versión Dios Habla Hoy:

«Yo SOY EXTRANJERO en esta tierra; no escondas de mí tus mandamientos». Salmo 119:19 DHH

Ahora compara ese mismo pasaje en la versión Reina Valera Contemporánea:

«EN ESTE MUNDO ESTOY DE PASO; ¡no escondas de mí tus mandamientos!» Salmo 119:19 RVC

Así que esta que te presento es la historia de tus raíces hebreas, las mismas de nuestro ancestro Abraham, el hebreo, el extranjero. Pero deberás tener en cuenta siempre su significado espiritual: que no importa dónde hayamos nacido, en este mundo los hijos de Dios siempre seremos extranjeros o hebreos, pues nuestra verdadera patria está en la siguiente vida.

Abraham ofrece a Dios su hijo único

Antes del hijo que tuvo con Sara su esposa, Abraham había procreado un hijo con la esclava de ella, Agar. A ese hijo le llamó Ismael (Génesis 16:15).

Sin embargo, años después Abraham tuvo que despedir a Ismael y a su madre (Génesis 21:8-18) para proteger al pequeño Isaac en quien Dios hizo recaer su Promesa (Génesis 17:20-21 / Génesis 25:6). Así que a Abraham solo le quedó un hijo: Isaac.

Pero algún tiempo después de ello Dios probó a Abraham pidiéndole ofrecer a Isaac en sacrificio, su hijo único por el que había esperado hasta los 100 años (Génesis 22).

Al requerir a su hijo en sacrificio Dios le estaba pidiendo una acción que iba más allá de lo que cualquier ser humano pudiera soportar. Sin embargo Abraham sabía que amar a Dios significaba ofrecerle siempre lo más valioso y para él eso era el hijo que le quedaba (Génesis 21:8-10). Así que Abraham, triste, pero sin protestar, dispuso todo para sacrificar a Isaac.

Tal como generaciones más adelante sucedería con El Señor Jesucristo (Isaías 53:7) Isaac sin oponer resistencia aceptó ser sacrificado (Génesis 22:6-10).

“Y cuando llegaron al lugar que Dios le había dicho, edificó allí Abraham un altar, y compuso la leña, y ató a Isaac su hijo, y lo puso en el altar sobre la leña.”. Génesis 22:9

Pero cuando estuvo a punto de sacrificar a Isaac en el altar El Señor le detuvo de hacerlo: Abraham había pasado la prueba demostrando su lealtad absoluta y su amor a Dios por sobre todas las cosas.

“Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada; porque ya conozco que temes a Dios, por cuanto no me rehusaste tu hijo, tu único.” Génesis 22:12

Debido a que Abraham no le negó a Dios su único hijo, El Señor le bendijo y con ello a nosotros –sus descendientes– también:

“Y dijo: Por mí mismo he jurado, dice El Señor, que por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos. En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz.” Génesis 22:16-18

Y ese es precisamente el rasgo heredado que distingue ante Dios a todos los descendientes de Abraham esparcidos entre las naciones: que están dispuestos a amar a Dios con todas sus fuerzas y ofrecer con ello lo más valioso que posean (1 Pedro 1:8).

Desglosando la Promesa

Ahora bien, la Promesa dada a Abraham para su descendencia –la cual se extiende entre los capítulos 13 y 22 del libro de Génesis– podemos dividirla para su análisis en 4 partes:

1.- Será tan numerosa como la arena del mar y el polvo de la tierra.

2.- Será tan numerosa como las estrellas.

3.- A causa de ella serán benditas TODAS las naciones.

4.- Poseerá la tierra dada a Abraham.

Comenzaremos analizando juntas las dos primeras partes, que aunque a primera vista pareciera que son lo mismo te haré notar que en realidad se está hablando de cosas distintas; literalmente la diferencia entre ellas es del cielo a la tierra.

Israel será incontable como el polvo de la tierra

“Haré TU DESCENDENCIA COMO EL POLVO DE LA TIERRA; que si alguno puede contar el polvo de la tierra, también tu descendencia será contada”. Génesis 13:16

Como seguramente ya sabrás, el ser humano está hecho del polvo de la tierra:

“Entonces Dios formó al hombre DEL POLVO DE LA TIERRA, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. Génesis 2:7

“Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues POLVO ERES, Y AL POLVO VOLVERÁS”. Génesis 3:19

Esta promesa nos dice que el pueblo de Israel será tan numeroso y extendido como lo es el polvo de la tierra que está en todas partes. Así como es incontable cada partícula de polvo también lo serán los descendientes de Abraham los cuales literalmente se encuentran entre todas las naciones.

Si bien esta primer parte de la profecía ya de por sí es asombrosa no solo por su alcance sino porque podemos constatar su cumplimiento en la actualidad, es la siguiente parte de la profecía la que nos deja con la boca abierta:

Israel será incontable como las estrellas del cielo

“Y lo llevó fuera, y le dijo: Mira ahora los cielos, Y CUENTA LAS ESTRELLAS, si las puedes contar. Y le dijo: ASÍ SERÁ TU DESCENDENCIA”. Génesis 15:5

Este segundo fragmento de la profecía nos deja bien puntualizado que si bien ahora somos parte de un pueblo meramente TERRENAL nuestro destino es pertenecer a la nación CELESTIAL.

Lo que significa es que si bien somos ahora mismo parte del Israel terrenal (polvo de la tierra) en la Resurrección seremos el Israel celestial (estrellas).

“Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de DOCE ESTRELLAS”. Apocalipsis 12:1

Tal vez no lo sabías, pero la Biblia relaciona a las estrellas con los ángeles, los cuales incluso conforman un ejército:

“El misterio de las siete estrellas que has visto en mi diestra, y de los siete candeleros de oro: LAS SIETE ESTRELLAS SON LOS ÁNGELES de las siete iglesias, y los siete candeleros que has visto, son las siete iglesias”. Apocalipsis 1:20

“El quinto ángel tocó la trompeta, y vi UNA ESTRELLA que cayó del cielo a la tierra; y SE LE DIO LA LLAVE del pozo del abismo”. Apocalipsis 9:1

“También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de LAS ESTRELLAS DEL CIELO, y las arrojó sobre la tierra…” Apocalipsis 12:3-4

“Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles.” Apocalipsis 12:7

“Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo EL EJÉRCITO de ellos”. Génesis 2:1

“Desde los cielos PELEARON LAS ESTRELLAS; Desde sus órbitas pelearon contra Sísara”. Jueces 5:20

A su vez, nuestro Señor Jesucristo anuncia que seremos como los ángeles:

«Porque cuando resuciten de los muertos, ni se casarán ni se darán en casamiento, sino SERÁN COMO LOS ÁNGELES que están en los cielos». Marcos 12:25

El cumplimiento de esta parte de la Promesa dada a Abraham, en la que se anuncia que su descendencia será una multitud incontable no solo en la tierra, sino posteriormente también en el cielo, podemos atestiguarlo en el libro de Apocalipsis:

“Después de esto miré, y he aquí una gran multitud, LA CUAL NADIE PODÍA CONTAR, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero, vestidos de ropas blancas, y con palmas en las manos; y clamaban a gran voz, diciendo: La salvación pertenece a nuestro Dios que está sentado en el trono, y al Cordero”. Apocalipsis 7:9-10

En pocas palabras, la promesa dada a Abraham de que su descendencia sería como las estrellas se refiere a que seremos como los ángeles que habitan en las regiones celestes.

A causa de Israel serán benditas TODAS las naciones

“Porque tú eres pueblo santo al Señor tu Dios; el Señor tu Dios te ha escogido para serle un pueblo único, diferente a todos los pueblos que están sobre la faz de la tierra.” Deuteronomio 7:6 JBS

El término santo (kadosh, Strong H6918) significa apartado. Israel es un pueblo santo porque El Señor le ha apartado de entre todos los pueblos de la tierra: es el pueblo elegido.

Al principio la alianza entre El Señor y su pueblo elegido se limitó a una sola etnia –la hebrea–, pero a la dispersión y posterior mezcla de las tribus entre todas las naciones (lo veremos unos capítulos más adelante) el pacto se hizo extensivo prácticamente a todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas.

Es de esa forma como a causa de la dispersión y absorción de Israel son benditas todas las naciones de la tierra pues la salvación eterna dejó de ser exclusiva de un solo pueblo quedando abierta para toda la humanidad.

“ISRAEL SERÁ SALVO EN EL SEÑOR CON SALVACIÓN ETERNA; no os avergonzaréis ni os afrentaréis, por todos los siglos”. Isaías 45:17

Si bien hubo una mezcla entre la etnia hebrea original y las demás naciones, el rasgo distintivo de Abraham –la lealtad a toda prueba– se ha conservado intacto a través de las generaciones: esa peculiaridad en el carácter de los descendientes de Abraham es que no pueden evitar amar a Dios por sobre todas las cosas (Deuteronomio 6:5).

Ese es el rasgo distintivo que, aunque jamás ningún rastreo genético será capaz de detectar, es precisamente el que El Señor busca en los que aunque ocultos y dispersos entre las naciones, siguen perteneciendo a su pueblo elegido, pues nunca dejaron de ser linaje de Abraham, herederos y dueños de todas las Promesas.

«Sabed, por tanto, que los que son de fe, estos son hijos de Abraham». Gálatas 3:7

«Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la Promesa». Gálatas 3:29

Israel poseerá la tierra dada a Abraham

El Padre Celestial ha prometido que llegará un tiempo en el que todo su pueblo disperso entre las naciones será regresado a la Tierra de sus ancestros:

“Y yo os tomaré de las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro país”. Ezequiel 36:24

“Y les dirás: Así ha dicho el Señor: He aquí, yo tomo a los hijos de Israel de entre las naciones a las cuales fueron, y los recogeré de todas partes, y los traeré a su tierra”. Ezequiel 37:21

Hasta aquí has entendido el significado espiritual del término hebreo y los alcances de la Promesa dada a Abraham. En el siguiente capítulo entenderás la importancia del nombre en tiempos bíblicos y por qué a Jacob se le cambió el suyo por el de Israel.

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