En busca de las tribus perdidas

PRIMERA PARTE
EN BUSCA DE LAS TRIBUS PERDIDAS

Espero que no te desanime saber que indagar sobre las tribus perdidas de Israel significa escarbar en las arenas de los tiempos que cubrieron los dramáticos acontecimientos sucedidos hace ya miles de años. La buena noticia es que si bien hablaremos de cosas que ocurrieron en el Antiguo Oriente Medio hace veintisiete siglos, no será necesario viajar miles de kilómetros para hallar lo que buscamos. Todo lo contrario, te bastará con estirar el brazo y alcanzar tu Biblia a fin de empezar a buscar el paradero actual de las legendarias tribus perdidas de Israel.

Empezando por el principio: la profecía de desarraigo

Estando a punto de entrar en la Tierra Prometida, Moisés profetizó a Israel sobre las consecuencias de alejarse del pacto con El Señor para servir a los dioses de otros pueblos. En esta profecía podemos comenzar a darnos cuenta que fue a causa de la desobediencia de nuestros ancestros que El Todopoderoso esparció a Israel fuera de su tierra.

«…más aún, todas las naciones dirán: ¿Por qué hizo esto El Señor a esta tierra? ¿Qué significa el ardor de esta gran ira? Y responderán: Por cuanto dejaron el pacto de el Dios de sus padres, que él concertó con ellos cuando los sacó de la tierra de Egipto, y fueron y sirvieron a dioses ajenos, y se inclinaron a ellos, dioses que no conocían, y que ninguna cosa les habían dado. Por tanto, se encendió la ira de El Señor contra esta tierra, para traer sobre ella todas las maldiciones escritas en este libro; Y EL SEÑOR LOS DESARRAIGÓ DE SU TIERRA CON IRA, CON FUROR Y CON GRANDE INDIGNACIÓN, Y LOS ARROJÓ A OTRA TIERRA, COMO HOY SE VE. » Deuteronomio 29:24-28

Dios, mediante estas Palabras, estaba anunciando que Israel sería infiel al pacto sirviendo a los dioses de otros pueblos, y que las consecuencias de tal infidelidad serían que El Señor desarraigaría con gran ira a las tribus de Israel y las esparciría entre las naciones.

Cumplimiento de la primera parte de la profecía: las diez tribus son esparcidas

La dispersión de las tribus por el mundo comenzó cuando el reino que le fue dado a David y posteriormente heredó Salomón se dividió en dos partes a causa de la mala gestión del sucesor de estos, Roboam:

«Al ver el pueblo que el rey no les había hecho caso, exclamaron:
«¿Qué tenemos nosotros que ver con David? ¡No tenemos nada que ver con el hijo de Yesé! Pueblo de Israel, ¡regresa a tus casas! Y tú, David, ¡busca tu propio sustento!»
Fue así como el pueblo de Israel regresó a sus casas, y Roboán siguió reinando sobre los israelitas que vivían en las ciudades de Judá. Y cuando Roboán envió a Adorán a cobrar los tributos para el rey, el pueblo de Israel lo apedreó hasta matarlo. Entonces el rey Roboán subió en su carro y salió huyendo hacia Jerusalén. Así fue como el pueblo de Israel se separó de la casa de David, hasta el día de hoy». 1 Reyes 12:16-19 RVC

El reino quedó entonces dividido en dos naciones: En el sur la nación de Judá, con las tribus de Judá, Benjamín y Leví [*]; y en el norte Israel, con las diez tribus restantes. A partir de entonces a ambas naciones fue necesario amonestarles reiteradamente -por medio de los profetas- acerca de su constante infidelidad (2 Reyes 17:6-24 / Jeremías 35:15 / Jeremías 44:4-5).

[*] La tribu de Leví no poseía territorio pues quedó destinada a encargarse de los oficios del templo. Si bien, para efectos del reparto de tierras no se contabilizó con las 12 tribus forma parte de ellas (Números 1: 49-50). A la división del reino de Salomón, el templo quedó del lado de Judá, por lo que los levitas, quienes atendían el santuario, también quedaron de ese lado.

Pero por las razones y propósitos que más adelante mencionaremos, fue al reino del norte, Israel -no así a Judá-, al que El Señor le puso fin enviándolo a la dispersión. Y para ello El Señor dispuso a uno de los pueblos más crueles y sanguinarios de la Historia: los asirios.

«En el año nueve de Oseas, el rey de Asiria tomó Samaria, y llevó a Israel cautivo a Asiria, y los puso en Halah, en Habor junto al río Gozán, y en las ciudades de los medos». 2 Reyes 17:6

«…hasta que El Señor quitó a Israel de delante de su rostro, como Él lo había dicho por medio de todos los profetas sus siervos; e Israel fue llevado cautivo de su tierra a Asiria, hasta hoy. Y trajo el rey de Asiria gente de Babilonia, de Cuta, de Ava, de Hamat y de Sefarvaim, y los puso en las ciudades de Samaria, en lugar de los hijos de Israel; y poseyeron a Samaria, y habitaron en sus ciudades». 2 Reyes 17:23-24

Recién conquistado Israel, los asirios se llevaron a las diez tribus y las esparcieron por las diferentes naciones caldeas que ya poseía su imperio (2 Reyes 17:6). Luego, como parte de su estrategia de conquista, los invasores tomaron a los habitantes de esos mismos territorios de lo que los griegos posteriormente llamaron Mesopotamia (Tierra entre ríos) y los trajeron a ocupar el lugar dejado por los israelitas (2 Reyes 17:24 / 2 Reyes 18:9-12). Estos nuevos ocupantes traídos de esas tierras lejanas, con el tiempo se mezclaron con los campesinos israelitas que los asirios dejaron para labrar la tierra (2 Reyes 25:12).

 

El llamado de Dios a la Casa de Israel

Si acudes a alguna congregación, o alguna vez lo hiciste, habrás notado que al final de la reunión el predicador en turno hace un llamamiento a los visitantes.

En tal llamamiento el orador comienza a dirigirse a los invitados y les informa que para comenzar a llevar una vida plena en El Señor es necesario arrepentirse de sus pecados y convertirse entregándose a Jesucristo.

Este sorprendente acto se hace más por costumbre que por un conocimiento profundo de la Escritura. Y digo sorprendente porque la gente que acude por primera vez responde al llamado pasando al frente a entregar sus vidas al Señor.

Pero si bien quien hace tal llamamiento lo hace a Nombre y por Voluntad del Poderoso de Israel (no puede ser de otra forma puesto que es El Espíritu Santo quien está detrás de ello), tal persona solo intuye que es necesario hacerlo pero, no obstante ser instrumento de Dios, desconoce la profunda razón por la cual debe llevar a cabo esa tarea.

Ahora mismo voy a comenzar a explicarte, con fundamento en la Escritura, por qué El Espíritu impele a ejecutar tal acción que no es otra cosa sino el comienzo del cumplimiento de las profecías que anuncian el regreso de Israel a su Tierra Prometida.

La profecía de retorno

Si bien, Moisés predijo que Israel sería desterrado debido a su desobediencia, también profetizó que luego de ese castigo, -la dispersión por las naciones-, si el pueblo en desgracia se arrepentía y se convertía de sus pecados, el Dios de Israel haría volver a las tribus a la Tierra que había prometido a nuestros ancestros.

«Sucederá que cuando hubieren venido sobre ti todas estas cosas, la bendición y la maldición que he puesto delante de ti, y TE ARREPINTIERES en medio de todas las naciones adonde te hubiere arrojado El Señor tu Dios, y TE CONVIRTIERES a El Señor tu Dios, y obedecieres a su voz conforme a todo lo que yo te mando hoy, tú y tus hijos, con todo tu corazón y con toda tu alma, ENTONCES EL SEÑOR HARÁ VOLVER A TUS CAUTIVOS, Y TENDRÁ MISERICORDIA DE TI, Y VOLVERÁ A RECOGERTE DE ENTRE TODOS LOS PUEBLOS ADONDE TE HUBIERE ESPARCIDO EL SEÑOR TU DIOS. Aun cuando tus desterrados estuvieren en las partes más lejanas que hay debajo del cielo, de allí te recogerá El Señor tu Dios, y de allá te tomará; y te hará volver El Señor tu Dios a la tierra que heredaron tus padres, y será tuya; y te hará bien, y te multiplicará más que a tus padres». Deuteronomio 30: 1-5

El arrepentimiento del que habla el pasaje consiste en reconocer que se ha llevado una vida lejos del cumplimiento de la Voluntad del Padre Celestial la cual está expresa en su Palabra, la Biblia. A esta falta de cumplimiento es a la que se le llama pecado y es de lo que es necesario arrepentirse. La Casa de Israel ha vivido alejada de las Promesas del Pacto pues hace miles de años que perdió su identidad.

La conversión es cambiar de rumbo y comenzar a vivir cumpliendo la Voluntad de Dios expresa en la Escritura.

Pero el pasaje no solo profetiza el Perdón y el regreso de las tribus perdidas a su tierra, sino también anuncia una nueva circuncisión, ya no física, sino del corazón, que no es otra cosa sino la llenura del Espíritu Santo (Romanos 2:29):

«Y circuncidará El Señor tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a El Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas». Deuteronomio 30: 6

Ahora bien, y aquí es necesario poner mucha atención, pues en las siguientes páginas voy a explicar porqué nosotros, quienes hemos creído en Jesucristo, y conforme a la profecía de Moisés que acabamos de leer nos hemos arrepentido y convertido y como consecuencia hemos recibido su Espíritu Santo, en realidad somos los descendientes de aquellas tribus de Israel que fueron llevadas en cautiverio y esparcidas, primero a lo largo y ancho del imperio asirio y luego, a través de los siglos, por todo el mundo hasta nuestros días.