Introducción

TRAS LAS TRIBUS PERDIDAS DE ISRAEL
Samuel Barruecos
LA CASA DE LA PALABRA

«Las cosas secretas pertenecen a El Señor nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros y para nuestros hijos para siempre, para que cumplamos todas las palabras de esta Ley». Deuteronomio 29:29

Prefacio

Si hacemos una búsqueda en cualquier enciclopedia acerca de las tribus perdidas de Israel encontraremos más o menos lo siguiente:

«En el año 853 a. C. Salmanasar III de Asiria y posteriormente Sargón II en el 722 a. C. conquistaron uno de los dos reinos en los que el Israel original se había dividido: el del norte. La capital de ese reino, Samaria, fue destruida y la mayoría de los habitantes, incluyendo la clase dirigente, fueron esparcidos hacia otras tierras ocupadas por el imperio asirio. Con el paso de los siglos, dispersados entre otras naciones, asimilados en nuevas culturas, los descendientes de las diez tribus originales que ocupaban el país del norte llegaron a perder su identidad original. Nunca volvieron, como pueblo, a la tierra de Israel, hoy a aquellas diez tribus se les conoce como las tribus perdidas de Israel.»

Es bien conocido el hecho de que las diez tribus de Israel no fueron el único pueblo de la antigüedad que fue esparcido.

Muchos fueron los pueblos que perdieron su identidad original tras ser conquistados y disueltos entre otras naciones.

Pero estarás de acuerdo que al hablar de Israel no lo estamos haciendo de un pueblo cualquiera.

El caso es que para aquel legendario pueblo del norte, supuestamente ya desaparecido, hay una Promesa en las páginas de la Biblia aguardando cumplirse.

Tal Promesa dice que no obstante Dios en su ira algún día arrojó a su pueblo por diferentes naciones, al final de los tiempos El Señor no se olvidará de sus descendientes y que aunque los tales hubieran ido a parar hasta las tierras más lejanas, hasta allá El Señor irá a buscarles (Deuteronomio 30: 4-5), los encontrará y los devolverá a su lugar que por culpa de sus ancestros nunca conocieron (Jeremías 31: 29-30 / Ezequiel 18: 2-20).

Desde que recuerdo me he obsesionado con el paradero final de las legendarias tribus perdidas de Israel, y creo que por fin he encontrado dónde están. Lo que tienes ante ti representa años de investigación en los que sin parar he buscado la respuesta a la interrogante que no dejaba de dar vueltas en mi cabeza: ¿Dónde están las tribus perdidas de Israel? Aquí te presento mis hallazgos.

Es mi esperanza que cuando el pueblo de Dios acceda a la información que aquí presento y por fin se entere cuál es el asombroso e invaluable legado que por siglos le había sido ocultado -pero que por Voluntad Divina le pertenece- entrará en una nueva dimensión de santidad y espiritualidad.

En estas páginas encontrarás una desafiante propuesta para entender completamente no solo tu Biblia, sino quiénes somos en realidad, a dónde pertenecemos y por qué estamos aquí.

Por supuesto que mi trabajo no será del agrado de algunos, sobre todo de quienes llevarán ya tiempo enseñando los dogmas tradicionales y habiendo adquirido cierto prestigio en ello no tendrán la disposición de rectificar. Pero esta obra no fue escrita con el objetivo ni de complacer ni de hacer simpatizantes, sino de informar, pues a fin de cuentas eso es evangelizar (1), publicar las buenas noticias de gran gozo concernientes al Reino (Lucas 2:10) ¡Y estas que te presento aquí vaya que lo son!

(1) El término griego Evangelion (Ev-Angelos), significa buenas noticias.

Presentación

A través de los libros de la Biblia corre un enigmático hilo conductor: la misteriosa historia de las tribus de Israel.

Luego de la Creación y los primeros hombres en la Tierra, tal hilo nos lleva desde la Promesa para las tribus hecha a Abraham (Génesis 15:5) y pasando por su dramática dispersión entre las naciones nos revela que luego de una serie de acontecimientos dramáticos al final de los tiempos tendrán una milagrosa y feliz restitución (Jeremías 16:14-15 / Jeremías 30: 3-4 / Ezequiel 37:21:22 / Apocalipsis 21:12).

Porque debes saber que la Biblia no solo es un registro del pasado, sino también del presente y futuro del pueblo elegido: Israel. Lo señalo ya que es importante que sepas que a pesar de que durante miles de años el pueblo de Israel se ha extendido a través de numerosas naciones, algún día todos los integrantes del pueblo de Dios volveremos a la tierra que le fue dada a Abraham (Isaías 27:12-13).

Sin embargo tal vez habrá quien lea estas líneas y aún se pregunte ¿Qué tiene eso que ver conmigo? Y ahí está precisamente lo emocionante de la investigación que aquí te entrego, pues pongo al descubierto ante ti todo lo que eso tiene que ver con quienes hemos decidido seguir al Mesías Verdadero de Israel: Jesucristo.

El pueblo de Dios que vaga perdido y sin memoria entre las naciones

Quizá no lo sabías, pero durante miles de años multitud de personas han vagado por este mundo sin saber que son descendientes de los habitantes de un reino que existió hace mucho tiempo y de cuyo esplendor hoy solo quedan, si acaso, algunas  piedras.

Tal reino es la antigua y legendaria nación que, al dividirse el país de David y Salomón en dos, quedó situada al norte de otro reino, el de Judá. A ese reino del norte nuestros ancestros lo conocieron como Israel (1 Reyes 12:1-24).

Es a los descendientes de los que habitaron aquella nación que precisamente por esa condición de extravío El Señor les llamó por medio de sus profetas las ovejas perdidas de la Casa de Israel.

Desde hace siglos existe una muy importante interrogante al respecto que no ha podido ser contestada a satisfacción por el hombre: ¿Qué fue de las tribus perdidas de Israel? ¿Será, como afirman algunos, que las tribus que se perdieron, perdidas para siempre están?

La Biblia da contestación a ello y nos muestra que aunque ese linaje efectivamente permanece oculto entre las naciones algún día será restaurado y devuelto a su lugar de origen (1 Pedro 2:9).

Esforzándote en ahondar en las profecías encontrarás que los descendientes de las tribus perdidas son un ente real, pero por una poderosa razón han permanecido ocultos a los ojos de los hombres. Tal cual lo afirma la Escritura, son personas reales, hombres y mujeres que están diseminados por todo el mundo. Pero un Enviado Divino incansablemente se ha estado ocupando en encontrarles.

Y de la misma forma que el propietario pone un sello personal en las ovejas de su rebaño para diferenciarlas de otros rebaños ajenos, el Propietario de las ovejas de Israel pone una señal, su Espíritu (Isaías 66:19), a cada una de las personas pertenecientes a su pueblo elegido que va hallando, pues son sus ovejas, las ovejas perdidas de la Casa de Israel, legítimas herederas de todas las promesas hechas a Abraham para los últimos días (Génesis 22:17 / Apocalipsis 7).

Todo cae en su sitio

«El respondiendo, dijo: No soy enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel». Mateo 15:24

Ahora bien, si te concentras todavía más en entender las profecías, entonces podrás darte cuenta de que tal Enviado no puede ser otro sino aquel que el mundo occidental conoce como Jesucristo y las ovejas que estaban perdidas y han sido encontradas son aquellos que le siguen, ¡los que el mundo llama cristianos! (Hechos 11:26)

«Ovejas perdidas fueron mi pueblo; sus pastores las hicieron errar, por los montes las descarriaron; anduvieron de monte en collado, y se olvidaron de sus rediles». Jeremías 50:6

«¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la pone sobre sus hombros gozoso; y al llegar a casa, reúne a sus amigos y vecinos, diciéndoles: Gozaos conmigo, porque he encontrado mi oveja que se había perdido». Lucas 15:4-6

«…sino id antes a las ovejas perdidas de la Casa de Israel». Mateo 10:6

Luego entonces, entendiendo todo esto ¿existirá la posibilidad real de un descomunal malentendido humano que por una grave y lamentable desatención a la Escritura se ha extendido a través de los siglos y hasta nuestros días? ¿Será posible en verdad, que las profecías de la restauración de la Casa de Israel se refieran a los cristianos y que más bien ellos son ese linaje del antiguo Israel esparcido entre las naciones?

¡Yo creo con todo mi ser que sí! Y le estoy apostando todo a ello.

A mi modo de ver existe una confusión tal, extendida durante miles de años, que en nuestros días al referirse al cristianismo se piensa erróneamente que es algo aislado de las profecías, algo que brotó loca, espontáneamente y sin razón. Algo que Dios no esperaba pero que sucedió y sin más remedio se debe aceptar y afrontar.

Pero, ¿acaso al Señor se le salen las cosas de control? ¡Claro que no! El hecho de que los gentiles una vez habiendo creído comenzaran a seguir al Mesías prometido a Israel, en efecto, fue un evento inesperado, pero solo para algunos humanos, no todos, pues al menos, por lo que dejaron escrito, sabemos que los dirigentes del nuevo Camino estaban al tanto de que el arrepentimiento y la conversión de los gentiles ya habían sido anunciados siglos atrás por los profetas, comenzando por el mismo Moisés (Deuteronomio 30:1-6 / Oseas 4:6 / Romanos 9:25:26 / Santiago 1:1 / 1 Pedro 2:10) y que no era otra cosa sino, como veremos a continuación, el comienzo del muy anunciado retorno de la Casa de Israel de entre los gentiles.

Como ya dije, en la Biblia existe el registro de cómo es que a través de los siglos diez de las tribus de Israel se perdieron entre las naciones para luego ser halladas, restauradas y reincorporadas al pueblo elegido. En este trabajo nos ocupamos de demostrar con la Escritura que tal registro se refiere a los cristianos.

Tal como nos muestra el Génesis (Génesis 1:1-4), El Señor primero esclarece las tinieblas para enseguida comenzar a ordenar el caos, por lo que podemos confiar en que este cumplimiento no será la excepción, ya que al final de los tiempos, también acorde a las profecías, las tribus de Israel serán manifestadas y separadas en forma gloriosa a los ojos de todos. Evento para el cual ya deberíamos estar preparándonos (Marcos 13:33).

«Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega; y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: Recoged primero la cizaña, y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero». Mateo 13:30

«Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará». Mateo 3:12

En esta obra que estás a punto de comenzar a leer podrás darte cuenta del sentido tan actual de la milenaria profecía y el urgente Mensaje que al respecto Dios ha mandado a la humanidad: ¡A ti que has estado leyendo estas líneas y si conoces que nada obra por casualidad, entonces sabrás que probablemente El Señor te haya traído hasta aquí porque perteneces, sin haberlo sospechado siquiera, a una de las antiguas tribus perdidas de Israel!

Si ese fuera el caso, si tu corazón te dice que has encontrado algo que era tuyo (Mateo 13:45), entonces necesitas estar al tanto de ciertas cosas de las cuales debes esperar su cumplimiento (la mayoría de las cuales hablamos aquí mismo) y disponerte a hacer tu parte en este mover entre Su pueblo que El Poderoso de Israel ha preparado para estos últimos tiempos.

«Acontecerá en aquel día, que trillará El Señor desde el río Eufrates hasta el torrente de Egipto, y vosotros, HIJOS DE ISRAEL, SERÉIS REUNIDOS UNO A UNO. Acontecerá también en aquel día, que se tocará con gran trompeta, Y VENDRÁN LOS QUE HABÍAN SIDO ESPARCIDOS EN LA TIERRA DE ASIRIA, y los que habían sido desterrados a Egipto, y adorarán a El Señor en el monte santo, en Jerusalén». Isaías 27:12-13

«Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro». Mateo 24:31

«…en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados». 1 Corintios 15:52

«Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo; y los muertos en Cristo resucitarán primero». 1 Tesalonicenses 4:16

«Y haré volver los cautivos de Judá y los cautivos de Israel, y los restableceré como al principio». Jeremías 33:7

Los tres puntos que toca esta obra

Así, éste mi trabajo puede resumirse en tres simples puntos:

1.- Los cristianos son las diez tribus perdidas de la Casa de Israel.

2.- Por consiguiente deben dar cumplimiento a la Ley.

3.- Pero tal cumplimiento de la Ley no debe ser como el que la Casa de Judá (judíos) está mandada a hacer: literal-espiritual; sino que el cumplimiento que la Casa de Israel (cristianos) -tal como los apóstoles enseñaron a la primera iglesia rescatada de entre la gentilidad- debe ser solo de la parte espiritual de la Ley (Gálatas 5:14); y es a esto lo que la Palabra denomina «vivir bajo la Gracia», pues es una BONDADOSA CONCESIÓN (el término Gracia usado en la Biblia alude a algo que se recibe en forma gratuita o concedida) de cumplir solo con esa parte de la ley dada a Moisés (Romanos 6:14).

O en otras palabras, mientras que a los llamados judíos les ha sido encomendado por El Padre celestial el cumplimiento de la ley de Moisés tanto en su aspecto ritual como espiritual, a los llamados cristianos se les ha encomendado solo el cumplimiento de la parte espiritual de la Ley, que son la justicia, la misericordia, la humildad y la fe. Como veremos más adelante, este cumplimiento espiritual es lo que conocemos como La Gracia.

La Casa de Judá, la Casa de Israel y nuestro árbol genealógico

Es necesario que antes de continuar precisemos de lo que estaremos hablando a lo largo de este trabajo siempre que hagamos mención de la Casa de Judá y de la Casa de Israel.

Cuando hagamos notar que la Escritura se refiere a la Casa de Judá o a la de Israel deberás entender que se está aludiendo a LOS DESCENDIENTES de éstas, es decir a sus LINAJES o líneas familiares.

El término hebreo que se usa para llamar a la Casa ya sea de Judá o de Israel es bayit (Strong #H1004), el cual hace alusión -entre otras cosas afines- a quienes viven en una casa; toda la familia que vive junta. Por extensión el vocablo se aplica también a la descendencia de un determinado grupo familiar.

Esto lo anotamos porque se debe poner atención a los términos que aparecen en la Escritura, pues no es lo mismo, por ejemplo, Casa de Judá que tribu de Judá, ya que el primer término -Casa de Judá-, como acabamos de decir, nos describe el linaje, o sea los descendientes de aquellos que ocuparon el reino del sur, el cual a la división del reino de Salomón quedó conformado por las tribus de Judá, Benjamin y Leví. Es a los descendientes de estas tres tribus pertenecientes al reino del sur a los que el mundo actualmente conoce como judíos.

Lo mismo sucede con la Casa de Israel, o descendencia del antiguo reino de Israel, reino el cual a su vez quedó conformado por las diez tribus del norte restantes, las cuales comenzaron a ser esparcidas entre las naciones en el 722 a.C., fecha de la caída de Samaria, capital de Israel, a manos de los asirios.

La mezcla de hoy en nuestros linajes

Algo que siempre deberás tener en cuenta es que debido al enorme lapso de tiempo transcurrido desde aquella primera dispersión (27 siglos) y al constante desplazamiento de los grupos humanos, es altamente probable que actualmente en el árbol familiar de cualquiera en América, Europa o el Cercano Oriente pudieran aparecer no solo miembros de las tribus de Judá, Benjamín y Leví -la Casa de Judá- (los que, repito, el mundo llama judíos) tal como últimamente se ha venido confirmando gracias a los avances de la Genética, sino incluso de alguna de las otras diez tribus esparcidas por el mundo. De hecho no es algo descabellado contemplar la posibilidad de que el árbol genealógico de alguien incluso esté lleno de ancestros pertenecientes a más de una tribu de cualquiera de las dos Casas, Judá o Israel.

¿Qué nos dice ésto? Que si bien es una bendición incomparable el llevar la sangre de nuestros ancestros israelitas -nuestros padres-, nunca debemos perder de vista que la propia Escritura nos muestra que LA SALVACIÓN ETERNA DE ISRAEL es conforme a la PROMESA y no conforme a la carne. Es decir, nuestra salvación no depende de nuestros genes, de la sangre de nuestros antepasados que habita en nosotros (Mateo 3:9), sino del Espíritu Santo -Promesa Santa- (Ezequiel 37:14), pues ésta, la Promesa Santa, es la que nos hace LEGÍTIMOS hijos de Dios (Romanos 9:6-8).

«Israel será salvo en El Señor con SALVACIÓN ETERNA; no os avergonzaréis ni os afrentaréis, por todos los siglos». Isaías 45:17

«Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que LA PROMESA sea firme PARA TODA SU DESCENDENCIA; no solamente para la que es de la ley, sino también para la que es de la fe de Abraham, el cual es padre de todos nosotros». Romanos 4:16

«Sabed, por tanto, que los que son de fe, éstos son hijos de Abraham». Gálatas 3:7

«Y si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa». Gálatas 3:29